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martes, septiembre 27, 2011

Lo que quedó tras la batalla mundialista del Zar

Foto: Ramón Cairo, tomada de Fightnews.com.
El viernes, antes de la pelea nuestro amigo ruso Petia Petrov por el título mundial superligero de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) en Argentina ante el campeón, Marcos "El Chino" Maidana, escribía en La Posta que Petrov tenía con qué ganarle a Maidana y que un exceso de confianza podía "jugarle una mala pasada al argentino, ante un pugilista más pequeño físicamente, pero mucho mejor boxeador".
Al final, Maidana no se confió y le peleó a Petrov con sus mejores armas y preparado al cien por cien. Y lo venció con justicia y contundencia, imponiendo su mayor poderío físico.
La crónica completa de cómo vivimos todo el intento del Zar de conquistar un título mundial en un peso superior fue publicada en Letras Libres: La aventura del Zar en Sudamérica.
Aquí rescataré las palabras de Ezequiel Vázquez respecto a la actuación del ruso: "Petrov demostró ambición y guapeza ante, sino el mejor, uno de los mejores boxeadores argentinos del momento. Creo que parar la pelea estuvo bien; Maidana es muy superior a él. Pero como la dignidad no tiene que ver con decisiones arbitrales, si estuviera enfrente del ruso le daría un apretón de manos porque la hombría y el orgullo que desparramó en el ring (ante, repito, un rival de otro nivel) no se ven todos los días".

viernes, septiembre 23, 2011

La gran noche del Zar

El pasado 5 de septiembre, cuando me enteré de que el boxeador colombiano Nacho Mendoza no aceptó la invitación para disputar en Argentina el título mundial de superligeros ante el gran noqueador santafesino Marcos Maidana, lo primero que hice fue comentar el asunto con mi amigo Petia Petrov, ese ruso afincado en Vallecas que llegó a España en 1999 con 100 dólares en el bolsillo y quince días después ya estaba entrenando con el mejor equipo de España, el capitaneado por Ricardo Sánchez-Atocha.

“¿No sería una buena oportunidad para vos?”, le pregunté.

“No”, me dijo, “es muy grande, Maidana”, refiriéndose al mayor peso, tamaño y alcance de El Chino.

Yo no terminé de creerle mucho, porque supuse que Petia, después de tanto esperar una oportunidad, entrenando y sacrificándose tantos años, no quería ilusionarse. Pero conociéndolo, sabía que estaría como siempre, entrenado a full y listo para aceptar cualquier desafío que lo pudiera llevar más cerca del gran sueño de todos los boxeadores: ser campeón del mundo. Y no me equivoqué.

No me sorprendió nada leer, un par de días después, este anuncio en su muro de Facebook: “¡¡¡Llegó la hora!!! ¡¡¡Por fin tengo una gran oportunidad!!! Campeonato del mundo WBA superligero el 23 de septiembre contra Marcos el Chino Maidana en Argentina.¡Al fin tengo una oportunidad!”. ¡Y lo supo sólo quince días antes del combate!

Había vuelto a acertar con Petia, como en su anterior pelea, ante el argentino Hugo Ángel “El Tren” Ramírez, cuando le había vaticinado que iba a propinarle a Ramírez el primer nocaut de su carrera, y acerté: un gancho al hígado, marca registrada de Petrov, dejó al Tren sin combustible en el cuarto round.

Ahora no voy a vaticinar nada sobre la pelea por el título mundial con el Chino Maidana, sólo diré que la pelea no tendrá demasiados secretos: lo que se verá es un duelo de estilos. La agresividad y potencia de Maidana contra el virtuosismo técnico de Petrov.

Está claro que si Maidana logra embocar a Petrov, tiene todas las de ganar. El tema va a ser que lo agarre antes de quedarse sin aire, porque si no puede quedar a merced de la endiablada velocidad y precisión de Petia.

Hay periodistas especializados, como William McKay, de Boxingnews24, que advierten que la elección del Zar como rival del Chino ha sido una muy mala elección de su equipo: “No podrían haber elegido un peor oponente para Maidana, que puede llegar a pasarlo mal en esta pelea”.

Más allá de estilos y preferencias, mi favorito está claro: el viernes pondré la amistad por delante de la patria. Pero está claro que Petrov tiene con qué ganarle a Maidana y que un exceso de confianza puede jugarle una mala pasada al argentino, ante un pugilista más pequeño físicamente, pero mucho mejor boxeador.

Así que la madrugada del viernes estaremos pegados a la pantalla de televisión viviendo una experiencia imperdible, algo muy difícil de que te suceda: ver en directo a un amigo pelear por un título mundial de boxeo. La emoción está asegurada.

martes, octubre 20, 2009

Petia Petrov, la entrevista completa

Foto:FT
La revista mexicana Letras Libres, en su edición web, me dio la posibilidad de publicar una entrevista a Petr Petrov, Petia, boxeador ruso de peso ligero, 26 años, con 28 combates, 24 triunfos, dos nulos y dos derrotas. (Lo entrevisté días antes de ganar el combate cuya foto ilustra esta entrada).

Si querés leer la entrevista completa, podés leerla online navegando en el documento que sigue (10 páginas), o bajar el PDF haciendo click en la descarga (para esto último es necesario registrarse).
Entrevista a Petia Petrov (completa)

martes, mayo 19, 2009

La ultraderecha es terrorismo: en memoria de Carlos Palomino

Hace aproximadamente un año y medio, en noviembre de 2007, tras el asesinato del adolescente antifascista Carlos Palomino en Madrid, escribí un artículo para un blog colectivo llamado Madridean, hoy discontinuado.
En ese momento reflexionaba sobre la falta de coherencia de un gobierno (del partido Socialista para más inri, aunque lo mismo sucedía con el gobierno centroderechista del partido Popular) que autorizaba manifestaciones de grupúsculos políticos contrarios a la convivencia, la paz, la tolerancia, el respeto y los derechos humanos, a la vez que ilegalizaba a otras formaciones políticas de similares tendencias, la llamada izquierda abertzale vasca, idéntica en el desprecio a la vida y a esa mayoría que es diferente a ellos.
Rescato ese breve artículo como homenaje a Carlos Palomino, días después de que se hicieran públicos los videos del metro de Madrid a través de los cuales queda clara la utilización deliberada y fría de técnicas para matar del militar profesional fascista que asesinó al joven, que tenía 16 años.

¿Un crimen por motivos políticos no es terrorismo?
Antes, dicen, había dos Españas. Ya no. Al menos no como hace 70 años.Hay una España de gente que trabaja, que crea, que se rasca la barriga, y que comparte un montón de características comunes. Una España que comparte pasiones, un país, una geografía, comidas, cañas, tapas y juergas.

Sigue habiendo en España puntos de vista diferentes, pero razonablemente respetuosos con el prójimo, con el marco de convivencia, con la Constitución, con la ley. Con sentido común.

Sin embargo, hay un puñado de energúmenos que, aburridos de sus propias impotencias personales, reviven fantasmas del pasado, sentimientos de odio pasados de moda, y dicen que hay que seguir defendiendo a España de los invasores. Son muy ruidosos y atraen la atención de los medios con mucha facilidad.

¿Quiénes son estas personas? Unas quinientas se reunieron el pasado fin de semana en la Plaza de Oriente para recordar a su caudillo. Otros tantos lo harán este 20 de noviembre en Moncloa para marchar hasta el Valle de los Caídos.

¿Y de qué amenaza externa tienen que defender a España, ahora que no existe el comunismo internacional ni la Unión Soviética? De los inmigrantes, de los trabajadores que vienen a robar el trabajo desde el exterior, de los delincuentes que llegan a sembrar de pánico las calles españolas. De los moros pueden volver a conquistar España por medio de la inmigración.

Los que se manifiesten en Madrid este 20-N para recordar a Francisco Franco no lo harán sólo pensando en la guerra que ganó (si es que en una guerra se gana) su caudillo hace más de medio siglo, sino que trasladarán sus ideas al presente. Y culparán de sus males al Gobierno, que permite la entrada de inmigrantes.

La televisión e internet nos vienen informando hace un tiempo sobre algunas agresiones racistas, como la sufrida por el economista congoleñó Miwa Bene, de 42 años y padre de dos hijos (tetrapléjico tras ser golpeado en la nuca por el español de 29 años Roberto Alonso de la Varga, por ser negro); o la padecida por una joven ecuatoriana agredida en un tren de cercanías catalán por el joven Sergi Xavier M.M.; o el colombiano Jaime F.R., de 53 años, lleno de magulladuras y con un brazo escayolado tras ser apaleado por un grupo de neonazis en Las Rozas. Este tipo de incidentes no pueden ser completamente desvinculados de motivaciones políticas.

Los pequeños movimientos ultraderechistas españoles se están envalentonando en los últimos meses, a medida que se acercan las elecciones, azuzados desde partidos legales como Democracia Nacional. Mientras el Gobierno no pone fuera de la ley a formaciones que deberían estarlo, son los grupos de militancia antifascista los que salen a plantarles cara.

Todos nos enteramos hace dos fines de semana que, antes de un mitin que Democracia Nacional iba a celebrar en Legazpi, un soldado de las Fuerzas Armadas Españolas que asistía al acto como particular se topó con un grupo de antifascistas que iban a manifestarse en contra del acto. Que atacó a varios de ellos con un cuchillo, y que mató a un joven de 16 años. Esto mereció la condena de los más diversos sectores de la sociedad, pero sólo consiguió que se manifiesten en el centro de Madrid unos pocos miles el domingo 11 y otros pocos miles el sábado 17. La mayor parte de ellos, militantes de algún colectivo de izquierdas. Pero no se oyó la condena unánime de toda la sociedad española.

¿Por qué ante una muerte por parte de ETA salimos todos a la calle, y no por la muerte de un joven por motivos pura y exclusivamente políticos, a manos de una persona con formación militar, proporcionada además por el Estado español?

¿Esto no es terrorismo?

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A continuación, comparto con ustedes dos versiones de las grabaciones de esos trágicos momentos. Una versión más corta, con audio y una frase final que comparto ("Los fascistas son terroristas, no gamberros"), y otra más larga y completa, con explicaciones.




La versión larga, con explicaciones:

domingo, abril 26, 2009

El Zar de Vallecas

Petia Petrov posando con su mamá ante la placa de su peña, en Vallecas.
Foto: FT.

Petr Petrov, Petia, llegó a los 16 años a España desde Stravopol, en el sur de Rusia, cerca del Cáucaso, y desde entonces se dedica a un trabajo que ni siquiera tiene su correspondiente codificación en la lista de ocupaciones de la administración: boxeador.

Con 24 triunfos, dos empates y dos derrotas, podría aspirar a ser campeón de España de la categoría superpluma (entre 57 y 59 kilos), pero aún no tiene la nacionalidad española, por lo que no puede competir por ese título. Todos los nacionales de un país que no haya sido colonia española necesitan diez años de residencia legal en España para poder solicitarla. Los ciudadanos de países latinoamericanos que alguna vez fueran colonia española, al igual que Guinea Ecuatorial y Filipinas, sólo necesitan dos años.

Ahora que ha cumplido los diez años en España, Petia comienza el trámite de nacionalidad, que puede tardar entre un año y medio y tres años. Mientras tanto su padre, que vive en Rusia, intenta moverse para que tenga la posibilidad de competir por el título de su país.

Sin embargo, aunque no tenga aún la nacionalidad española, Petia ya es considerado un vallecano más, lo que queda demostrado por el hecho de que los miembros de la Asociación Cultural Rompe y Rasga, Grupo Castizo de Chulapos de Madrid, de Vallecas - uno de los barrios más tradicionales de la capital - hayan decidido que este centro sea la sede de su primera peña de aficionados.

Así, entre chotis y pasodobles, cervezas y picoteo, y una pantalla gigante en la que se proyectaban fragmentos de sus peleas, quedó fundada la primera Peña Petia Petrov "El Zar".
Los seres humanos siempre estamos más adelantados que nuestras leyes y nuestra burocracia. Por ejemplo, un amigo suyo, Luciano Cuello, argentino y de La Plata, que peleó en México contra Julio César Chávez Jr., el hijo del multicampeón mexicano, no pudo venir a entrenar para ese combate a España porque no le permitieron la entrada por cuestiones de papeles. Fue entonces Petia quien viajó a Argentina para ayudarlo a entrenar. Aunque después fue a él a quien no dejaron entrar a México por motivos similares. (La actuación de Cuello, aunque perdiera por puntos, fue muy elogiada en el país azteca, en una pelea que fue seguida con preocupación por el mítico Chávez padre). Otro amigo y colega de Petia, Gabriel Campillo, es un negro alto con pinta de dominicano quien, cuando le pregunto de dónde es me dice que de Madrid, que nació aquí.

Así que hoy escribo de esto porque me gusta que, de vez en cuando, el sentido común venza a la estupidez. Porque me parece estupendo que una asociación cultural tradicional de Madrid reconozca como uno de los suyos a un ruso que es tan madrileño como cualquiera de nosotros, que también somos madrileños aunque seamos americanos.

viernes, abril 24, 2009

Los verdaderos protagonistas

Mi nombre es nadie. El viaje más antiguo del mundo es el título de un libro con cuatro CDs de audio, con treinta reportajes radiales dedicados a esas personas que arriesgan su vida lanzándose en precarias embarcaciones, desde diversos países africanos, para llegar a España, donde consideran que tendrán más posibilidades de lograr una meta sumamente ambiciosa: cumplir sus sueños. Más ambicioso es, de todos modos, el hecho de lanzarse a tal viaje arriesgando seriamente su vida.
Una gran obra periodística que, como los mismos autores explican, incluye una introducción para explicar quiénes son los africanos, qué es África, por qué se van, cómo llegan, describe los lugares por lo que pasando en su viaje, los último puntos de partida hacia Europa, el papel de la familia, las asociaciones que intentan que se respeten sus derechos, la especial situación de las mujeres y los menores, las mafias, la actuación de los gobiernos y las autoridades, los regresos y las repatriaciones, la vida de los que llegan, y por supuesto, historias individuales.
Sus testimonios, un rosario de engaños, estafas, violencia y atropellos por parte de los patrones de los barcos y de las autoridades de los diferentes países - en el caso de las mujeres se añaden los abusos sexuales -, permite ponerles una identidad y conocer a fondo un fenómeno del que permanentemente recibimos noticias superficiales, cuyos protagonistas vemos a diario en las calles - aquellos que lograron llegar, que no cumplen sus sueños, pero que no quieren volver a su país - pero del cual sabemos muy poco. Casi nada.
Las fotografías son de Juan Medina, argentino universal, compatriota y compañero, posiblemente quien mejor ha retratado el drama de quienes llegan a España procedentes de países africanos en una odisea en la que se juegan la vida. Y de quienes no llegan pero sí el que fuera su cuerpo, aunque sea para que sea retratada la brutalidad de este asunto.
En una ocasión, Juan me decía, hablando de un premio ganado por un colega de quien yo destaqué cierta valentía para meterse en sitios poco recomendables en busca de las mejores imágenes: "Pero eso no importa".
- ¿Y qué importa?
- Los que salen en las fotos.
Comparto absolutamente ese punto de vista. El periodista no importa. Importan los que salen en las fotos. Desprecio a aquellos colegas que se creen más importantes que los protagonistas de sus historias.
El elogio de esta obra no debe hacernos perder el norte: lo que importan son los verdaderos protagonistas. Aunque los autores de este libro se llamen Carla Fibla y Nicolás Castellano. El cometido de estas producciones periodísticas no es el éxito de sus autores, sino algo mucho más simple e importante: dar voz y poner nombre, dar una identidad, a los protagonistas de sus historias.

viernes, noviembre 28, 2008

Gladys, mamá dominicana

Foto: FT.
Días después de llegar a Argentina desde República Dominicana, donde unos de los temas en los cuales trabajé es el de la emigración, me llamó la atención la cantidad de personas de ese país que vi en la ciudad de Necochea, en la provincia de Buenos Aires.
Así que me fui a hablar con la peluquera dominicana de la ciudad, sabiendo que cuando se juntan varias dominicanas en un sitio no puede faltar un salón para que las muchachas se arreglen sus moños malos.
Gladys tiene 34 años de edad y lleva 9 en Argentina. Acaba de traerse a sus cuatro hijos de su país. Dos chicas y dos chicos.
Lo primero que me llama la atención es el acento bonaerense con el que hablan y el fuerte contraste que deben sentir con su cultura alegre en una ciudad que, salvo en verano, tiene un ambiente triste, frío y nada simpático.
“A mí me gusta, dice Gladys. Es otra onda. Cambiar de ritmo. Me gusta. Acá cambiamos el carácter. Nos ponemos del mismo estilo de los de acá”, dice.
Por desgracia, pienso yo.
A poco de llegar, Gladys, que se venía con las esperanzas de hacer una diferecia, se encontró con un país cayendo en una de las peores crisis económicas de su historia.
“Yo siempre lo vi positivo. Si tenés algo para comer y estás bien con tu familia, la diferencia no la notás mucho”, señala, optimista, esta mujer oriunda de Puerto Plata que primero llegó a Buenos Aires, pero no le gustó.
“Me parecía que no era la ciudad ideal para yo traer a mis hijos. Vine aquí por vacaciones, me gustó la ciudad, me renté un departamentito, empecé a correr la voz, empecé a trabajar”, cuenta.
¿Los primeros tiempos fueron duros?
“Amigo, duro es poco. Te cuesta, los primeros tiempos te cuesta. Después que uno encaja, tienes que cuidar”, confiesa.
La peluquería de Gladys es un punto de referencia para los dominicanos en Necochea.
“Acá nos reunimos todos, todos los días, los fines de semana. Si viene gente nueva, vienen acá, me visitan, porque yo soy una de las que llevo más tiempo, conozco más gente. Entonces nos damos ánimos. Tomamos un cafecito... ¿No te hicieron café nunca en Dominicana?”.
“Nosotros cuando hacemos una reunión dominicana, nos invitamos todos los que conocemos. Todos ponen un puchito, nos juntamos y hacemos una joda hermosa. Porque si no acá en la bailanta nos discriminan, no nos dejan entrar. Son muy pocas las bailantas que te dejan entrar. Vos vas y te dicen que es fiesta privada. Por negros, no nos dejaron pasar. Es lo único malo que veo yo acá”.
Entonces han optado por las reuniones con su grupo de amigos.
“Nos la pasamos muy bien, la verdad. Nos distraemos tranquilos, estamos entre nosotros, con alguna gente de acá que nos acompaña porque son esposos o parientes de alguna de nosotras. Te adaptas".
Sin embargo, admite que extraña.
“Nos hace falta la onda nuestra. Vos si estuviste en Dominicana te diste cuenta de que la música allá se escucha alta. Acá a las diez de la noche tenés que bajar porque si no te llaman a los milicos. No podés. Y si te tocó una vecina jodida, fuiste. Es muy complicado. ¿Y a vos te ha ido bien acá en Necochea?.
No, le digo, "yo visito acá a mi mamá, pero me aburro mucho.
“Es aburrida la ciudad, eso sí”, me reconoce.
Sus hijos Demis, de 17 años, José Manuel, de 16, Leidy, de 12 y Stefany, de 10, también están contentos con el cambio.
“No es lo mismo una persona que se cría en un país a uno que llega después. Mis hijos van a subir con una cultura diferente a la que tengo yo. Es así”.
Duro es poco, nos había dicho Gladys recordando sus sacrificios: “He ido una sola vez en nueve años que tengo acá. Cuando fui, la más chica tenía cuatro años, y cuando vinieron, vinieron tan grandes que ni los conocí".
"Un esfuerzo lindo. Y ellos están contentos. Adoran totalmente estar conmigo. Me aman a mí, aman a su padre. Es lo más lindo, a los chicos cuando los crías en el amor, se crían de otra manera”
.
Así es Gladys, la típica madre dominicana.

miércoles, marzo 26, 2008

Los hornos de la nacionalidad

Una ceremonia de jura de nacionalidad es un trámite burocrático con apenas un par de detalles solemnes. Obsérvese en la foto que la jueza lleva toga con puños de encaje. La de al lado, que parece ser secretaria de la jueza, también lleva toga negra.
Toman lista como en el colegio, y después llaman a uno por uno y les repiten una cantinela cortita que termina con un "¿Jura fidelidad (¿o era lealtad?) a la Constitución y al Rey?", y uno, si quiere tener la nacionalidad para terminar la seguidilla de trámites engorrosos y poder entrar y salir del país sin problema (y gozar de otras ventajas relacionadas con el hecho de ser ciudadano español) tiene que decir "Sí".
El quía del extremo izquierdo era algo así como el secretario de inmigración de la Comunidad de Madrid, que ese día estaba de visita para presenciar la salida del horno de nuevos españoles, y hacer acto de presencia, para que después no digan que no se mezcla con la gente que es el objeto de su trabajo. Solemnemente la jueza había dicho antes que ese día nos honraba con su presencia fulano de tal y esas cosas que se dicen estos casos.
Un amigo español se reía de que al menos él no tuvo que jurarle ninguna lealtad a ningún rey. Aunque con sus impuestos le tribute la lealtad que realmente les importa a ellos.
Uno se va de ahí sin ningún papel, sólo con la promesa de que le va a llegar en tres meses, aproximadamente, al domicilio que haya consignado, una carta con la partida de nacimiento para que vaya a tramitar su documento nacional de identidad y, si quiere, su pasaporte.
Eso es un poco más impresionante. Uno llega a la comisaría por la tarde, cuando no hay mucha gente, espera cinco minutitos que lo atiendan, con la partida de nacimiento expedida por el registro civil central español, con una foto y con la tarjeta de residencia. Entrega la partida, la tarjeta (que no ve nunca más, con el cariño que uno le tenía), y la foto, que es pegada en un cartoncito blanco por la funcionaria, quien posteriormente se lo alcanza y le pide que firme en un recuadrito que hay. Después de hacer eso, mete el cartoncito en un escáner y le pide que pase los dedos índice por un cuadradito de vidrio que hay en el mismo aparato. En el escritorio hay una pantalla mirándote, aparecen tus datos y la funcionaria te pregunta si esos datos están bien. Uno le dice que sí, si están bien, y entonces la mujer aprieta un botón y va hacia un hornito que hay atrás y del cual sale automáticamente el plástico ya confeccionado.
Después meten el DNI un rato en una ranurita que tiene el escáner a un costado y te cargan unos datos que vaya uno a saber qué son, y uno se siente partícipe de una escena de ciencia ficción. Más aun cuando te entregan un papelito de esos que tienen un pin oculto, y te dicen que ese es tu número secreto, mediante el cual podés hacer trámites administrativos del Estado desde internet, sin moverte de tu casa, lo que facilita mucho, si funciona, la vida de las personas. Terminado ese trámite de unos quince minutos, uno va a otro escritorio y pide el pasaporte. La funcionaria mete una libretita en una impresora, le alcanza a uno el pasaporte y ya está. En veinte minutos uno tiene ya todo. El DNI costaba 6,80 euros, y el pasaporte, 17,20. Hasta te podés olvidar la plata, le decís a la funcionaria que vas hasta el cajero a sacar, y cuando volvés lo tenés ahí al pasaporte, calentito y con las paginitas vírgenes, recién salido del horno, esperándote.
De todos modos, no se crean los nuevos españoles, si son también argentinos, que no les seguirán diciendo todo el tiempo, especialmente la gente que no los conoce ni tiene ningún tipo de confianza, "¡Che! ¡¡¡Boludo!!!", y pondrán cara de pánfilos esperando su aprobación al chiste. Uno puede optar por ser simpático y sonreír, o como los que ya están hartos, responder, "¿Qué pasa, gilipollas?", y encantarse con la cara de estupefacción del interlocutor que quiso ser simpático y no fue otra cosa que un, efectivamente, boludo.

domingo, diciembre 30, 2007

Agitaciones de fin de año

Ir un 30 de diciembre al centro de Madrid es una locura. La muchedumbre y el agobio que provoca la aglomeración de personas llevan a la gente a exaltarse y a que los ánimos estén a flor de piel, por lo que el más mínimo roce puede llevar a una discusión que, probablemente, en otras circunstancias no tendría lugar. Y, por supuesto, las circunstancias sociales de los implicados en cualquier incidente influyen decisivamente en el desarrollo del mismo.

Me explico: en medio del trayecto de la línea 5 entre Chueca y Gran Vía, veo aparecer a un guardia del metro recriminándoles a unos individuos veinteañeros su conducta por haber cruzado de un vagón a otro con el tren en marcha, a través de las puertas del extremo del vagón.

Les gritaba y les daba sermones, les preguntaba si hablaban español, y los sermoneados, extranjeros aparentemente de Europa del este, se hacían los boludos, como si no fuera con ellos la cosa, pero sin pasarse.

Al salir del vagón en la siguiente parada, el guardia (muy grandote, por cierto) sale a perseguir a estos muchachos, presumiblemente con la civilizada intención de ponerles una multa o algo por el estilo.

En la estación bajaba un montón de gente y, aprovechando la confusión, los muchachos intentaron abrirse paso aceleradamente pero con cierta discreción para no llamar la atención, con el fin de evitar que los agarren los guardias, que iban atrás de ellos. Al principio, sin mucha convicción, pero unos instantes después de bajar el grandote empezó a perseguirlos con más vehemencia.

Una señora no muy mayor, de unos 45 o 50 años, le dijo al guardia: “Ésos son albano kosovares. Son mangantes, vienen a robar en el metro”.

“Déjese de hablar tonterías, señora”, dije yo, que venía a su lado. No sé si esos muchachos eran albano kosovares (seguro eran del este, pero no podría precisar exactamente de dónde), y tampoco sé si eran punguistas de metro: de lo que estoy seguro es de que la señora sabía lo mismo que yo, o menos. Sabiendo que no hay que dejarse llevar por las apariencias, creo oportuno señalar que los muchachos no tenían mucha pinta de ladronzuelos.

Era tal la cantidad de gente que bajaba que al final seguí mi camino y llegué a la salida antes que los protagonistas del conflicto, así que me puse a esperar para ver qué sucedía. Resulta que la persecución, bastante absurda en sus formas, se desarrolló con los muchachos caminando rápido delante de los guardias, con el grandote bastante exaltado que los seguía sermoneando, mechando en su discurso algún que otro insulto.

Pasadas las puertas de salida, el guardia grandote parece que se queda allí sin dejar de gritarles cosas, y al final uno se da vuelta y le dice algo al guardia, cuando ya creía que no lo iba a seguir. Entonces el de seguridad sale disparado detrás de él, con sus compañeros que intentaban sosegarlo, y lo agarra, lo zamarrea y le da un par de collejas, no demasiado fuertes. Al final lo deja ir, a instancias de sus compañeros de guardia, a quienes aparentemente no les parecía que los muchachos hubieran hecho nada merecedor de una paliza.

Me llamó la atención la exaltación del guardia grandote, quien parecía estar esperando algún incidente, por pequeño que sea, para descargar una ira que vaya uno a saber qué origen tendría, contra alguno que le diera un motivo, por insignificante que éste fuese.

En medio del revuelo no me fue posible sacar ninguna foto aceptable con mi móvil, y aunque no llevara mi camarita digital, tampoco hubiera sido posible hacer una foto en condiciones por la cantidad de gente que había y por las características del incidente.

Me pregunto, y seguramente mis lectores ya adivinan cuál será la respuesta que me doy a mí mismo, si la reacción del guardia grandote hubiera sido la misma si, por ejemplo, quienes hubieran cometido la falta de pasarse arriesgadamente de un vagón a otro por la puerta del extremo y con el tren en marcha hubieran sido unos muchachos madrileños de apariencia más convencional.

viernes, diciembre 28, 2007

La Navidad de Olya


Madrid puede ser alienante, como toda gran ciudad, pero es apasionante si se va con los sentidos alerta, ofreciéndote imágenes humanas como ésta: una rubia bien vestida ofreciendo La Farola a la entrada de una tienda en una de las zonas más comerciales de Madrid en plena época de frenesí consumista de fin de año.

En mis más de seis años en Madrid no recuerdo haber visto nunca una mujer ofreciendo la revista. Y menos a una rubia como Olya.

Los viandantes, en su ímpetu comprador, recorren alienados las calles Goya, Alcalá y Conde de Peñalver: durante los momentos en que me detuve a observarla, sorprendido de que una chica de su aspecto estuviera ofreciendo en la calle la conocida como la “revista de los indigentes” o el “periódico homeless”, nadie pareció compartir mi extrañeza.

Olya me dijo en un perfecto inglés, pues el español aún no lo domina bien, que acaba de llegar de Rusia, y que espera conseguir pronto un trabajo normal, pero que “hay que empezar por algo”.

Me mira a los ojos con firmeza: no noto en ella el más mínimo atisbo de vergüenza ni fastidio. La vida hay que tomarla como viene y hacer con ella lo que se quiera y pueda, y así vamos avanzando: tirando.

Me dice que algo saca, que le alcanza para sus gastos. Me pregunto si su aspecto la ayudará un poco. Probablemente: Olya es rubia, guapa, viste a la manera occidental; es una de nosotros y debemos ayudarla. Su situación es accidental. La de los negros, en cambio, no: ellos están acostumbrados a ser pobres. Es ley de la vida, piensa Occidente.

jueves, diciembre 27, 2007

Amabilidad


En mis años de vida en España he visto o me he enterado por fuentes fidedignas de muchos episodios de violencia, intimidación y abusos de autoridad por parte de fuerzas de seguridad españolas, tanto privadas como estatales.

Recuerdo el caso en la Gran Vía de un negro flaco y alto, fuerte y fibroso, pero no de físico imponente, a quien un grupo de unos ocho policías había detenido por no se qué asunto y le pegaban para hacerlo entrar al coche, algo a lo que el africano se resistía a la vez que gritaba que no le robaran el móvil ni sus pertenencias.

"¡Policías españoles ladrones, españoles ladrones"
, gritaba en un perfecto español con fortísimo acento de algún país de África. No logró que no le quitaran el móvil; nunca sabré si efectivamente se lo habrán robado. En términos de precisión en el lenguaje periodístico formal quizás sea incorrecto hablar de robo en ese caso. Pero a mí me gusta pensar que es eso y no otra cosa que la policía le quite el móvil al negro y no se lo devuelva. Extremo que desconozco.

Otra cosa que suele verse mucho es a grupos de extranjeros que trabajan con sus mantas vendiendo en la calle productos muchas veces falsificados, que la gente consume con fruición, salir disparados ante las persecuciones de la policía, que le confisca todos los bienes si los agarran. Otro día hablaré con más detalle sobre ello.

Lo que la semana pasada me llamó la atención fue que bajaba yo por una de las escaleras del metro con dos hombres de seguridad, y vi a un negro vendiendo discos con la manta. El ambiente estaba muy tranquilo y no había mucha gente. Amablemente, los dos se acercaron al negro y le hicieron señas de que se fuera. Antes de que le hicieran la seña, el negro estaba levantando ya su manta, sin prisas ni violencia directa: no pedimos que se permitan actividades fuera de la ley como la venta de productos falsificados fabricados masivamente para su distribución en el mercado negro con mano de obra empleada abusivamente.

Pero sí agradeceríamos que, por regla general, sean estos los modos de combatirlo. Y, por supuesto, que ese combate tenga su epicentro en desarmar las bases de este comercio ilegal, no en los extremos más debiles, los manteros.

lunes, diciembre 17, 2007

Otro chandalero que golpea a una extranjera en el metro

Viernes 14 de diciembre de 2007. Línea 6 de del metro de Madrid.

Un chaval español de unos 19 años, alto, rubio, ataviado con chándal, mantenía un intercambio de opiniones con un boliviano.

El boliviano venía con un amigo; parece que de trabajar.

Alguno de los dos (el español o el boliviano), pisó o empujó al otro, y hubo una discusión con una pequeña trifulca, con algunos golpes y empujones no demasiado violentos.

El chaval español estaba bastante enojado con el boliviano, que más bien lo que quería era evitar meterse en problemas, y el amigo del boliviano, también boliviano, se interponía entre ambos con palabras conciliadoras.

Un colombiano con un afeitado de esos medio dibujados que se hacen algunas personas de estética maquinera, y que conocía al español del barrio, intentaba mediar en el conflicto con palabras dirigidas al boliviano. Por ejemplo: “Te voy a romper esa carita tan linda que tienes”.

El otro boliviano también intentaba mediar, diciendo cosas como “hay que tenerse respeto” y se colocaba frente al español y al colombiano para evitar agresiones contra su amigo.

La situación era de mucha tensión, con todo el pasaje del vagón mirando, en hora pico, pero la violencia física no se salía de control. Alguna cachetada, algún empujón, nada más.

También un señor español de unos 60 años se cansó de la discusión y comenzó a mediar para que se dejaran de joder, y después de unas tres paradas de discusiones absurdas, el boliviano mediador se llevó a su amigo al otro extremo de la fila de asientos, frente a la puerta contigua, en un intento de que la situación se distendiera.

Cuando todo parecía calmado, el joven portador de chándal bajó en la estación de Usera, salió del vagón por la puerta de la discusión y se paró frente a la puerta donde estaban los bolivianos. Antes de que el metro cerrara sus puertas, le metió una patada bastante violenta en la espalda a Liliana, una chica ecuatoriana que venía de hacer las compras, haciéndola caer a ella y a su carrito a los pies de los bolivianos.

Los pasajeros miramos asombrados, pero ninguno hizo nada. Yo no tenía mi cámara conmigo y el móvil estaba apagado, por lo que no me daba tiempo de encenderlo para hacerle una foto al golpeador. Alguno de nosotros podría haber ido a darle una buena paliza al rubio chandalero. Ninguno lo hizo.

Liliana no quedó lesionada. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, que no estaba dolorida, que lo peor fue el susto.

Cuando le conté la anécdota a una amiga , su opinión fue que el chandalero era un cobarde que le iba a pegar a mujeres, y además a una que iba con un carrito de bebé. Yo le dije que no, que el carrito era de la compra. Y me di cuenta de que al chandalero le hubiera dado exactamente lo mismo.

martes, diciembre 11, 2007

El chandalero, los negros y la señora china


19:27 Hora pico en el metro de la línea 10 antes de la estación de Batán. La gente viene estresada del trabajo, apretujada, en el ambiente de sofocante encierro se entremezclan perfumes y aromas de mujeres, y olor a sudor acre de hombres.

De repente, pero muy de repente, un chaval de chándal de unos 16 años salta de su asiento y le asesta, a una señora china de aproximadamente 40 años, una brutal patada en plan karateca que la estampa contra una de las puertas del metro.

La señora queda tirada en el piso, y tres negros africanos grandotes que vieron la agresión toman al chaval del cuello, de los brazos, de donde sea que lo hayan agarrado, y con gran exaltación debaten qué hacer con él, mientras la noviecita del chaval, también de chándal, con un piercing dorado sobre su labio superior y bastantes joyas de similar estilo, grita que no le peguen, que es menor. Los pasajeros miran, hablan entre ellos, dicen cosas, íntimamente a la mayoría de ellos les gustaría que el chaval se lleve una buena paliza, pero nadie se quiere meter en un problema que no es suyo.

19:28 Uno de los negros mira a la señora china y observa que la cara se le comienza a hinchar por el golpe contra la puerta. El grafismo de la violencia termina de sacar de quicio al negro, que le arrebata al chaval a uno de sus amigos y toma la justicia por su mano: le revienta la cara contra el cristal de una puerta, que se resquebraja, entre los gritos histéricos de la novia.

19:29 Desconozco los sistemas que tienen los vagones de metro para que el conductor se entere de lo que pasa, pero el tipo enseguida aminoró la velocidad y anunció por los altavoces: “Se informa a los señores pasajeros que debido a incidentes ocurridos en uno de los vagones de este tren, vamos a entrar lentamente en la estación de Batán, a donde espera la policía”. La tensión duró alrededor de un minuto, y los tres negros se apostaron frente a la puerta, listos para salir corriendo en cuanto se abriera para no ser atrapados por la policía.

19:30 Las puertas se abrieron y los negros no salieron corriendo, aunque sí a paso firme, sin mirar a los canas. La gente no dijo nada porque no quería meterse en quilombos que no eran de ellos. La novia del chaval estaba más preocupada en decirle a los canas que el pibe era menor y que lo llevaran al hospital que en continuar la movida con los negros. Seguramente era lo mejor para todos. La policía tomó declaraciones a algunos pasajeros y, por supuesto, a la pobre señora china. Se desconoce el posterior desarrollo del caso.

En España pasan cosas como ésta, pero en realidad, proporcionalmente, son muy pocos los incidentes entre inmigrantes y españoles.

Indudablemente el chaval merecía una reprimenda, pero la violencia no soluciona nada: ¿Qué pasará si este chaval y su pandilla (que por desgracia supongo que existen altas probabilidades que sean un atajo de descerebrados como él) se cruza con algún negrito más joven por ahí, sea un negro 'puro' africano o un mulato dominicano?

De todos modos, lo más habitual es ver a inmigrantes y españoles perfectamente integrados. La interacción en los ámbitos laborales, escolares, académicos o de esparcimiento lleva a que la gente pueda entenderse y acercarse a partir de las cosas que tienen en común, que vistas con un poco de optimismo siempre son más que las que los separan. Incluso creo que el temperamento español en general, más abierto que el de los países del norte de Europa (resalto: temperamento, no mentalidad), favorece la integración de todos.

A veces aparecen tarados como el chaval del chándal que rompe de una patada todos los esfuerzos de acercamiento entre las personas. Pero no pasa a menudo.

viernes, diciembre 07, 2007

Dat y la destilería de tristezas

Me crucé con Dat frente a la Plaza de España. Me vio que venía fumando un pucho y me pidió uno.

Fuimos fumando por la Gran Vía un par de cuadras, intentando entender lo que nos decíamos. Creo haber comprendido que llevaba como desde el comienzo de 2007 (cuando Rumania entró en la Unión Europea) vagando por España, intentando infructuosamente trabajar dignamente. Y seguramente trabajando muchas veces en condiciones de explotación inaceptables.

Me decía que no tenía pasaporte (o yo creo que es eso lo que me decía en rumano), y me mostraba como único documento identificativo una hoja A4 doblada y ajada de tanto llevarla en el bolsillo y expedida por alguna dependencia de la Generalitat de Cataluña. No sé qué decía, pero ese era su documento identificatorio en España.

Un par de esquinas más adelante vino a abordarnos el típico ofertante de prostitución cabaretera granviesca y yo, que esa noche estaba preguntón, quise saber de dónde era.

Resulta que Katali, que así se llamaba, también era rumano, y me costó bastante hacerlos hablar a ellos dos en su lengua para que se entendieran. Era como si les pareciera raro que un argentino intentara que dos rumanos se comprendan entre sí. Yo le decía al tarjetero del breca que le diera una mano a su compatriota y viera si podía encontrarle un laburito de eso. Y éste, tras la extrañeza inicial, se copó y se puso a explicarle a Dat cosas del laburo, como que se paraba en no sé que esquina y hacía no sé qué, y le decía algo del salari.

En fin, que seguimos, y probablemente Dat vaya un día a hablar con Katali para conseguir un salari.

Dat seguía caminando a mi lado y entonces le pregunté a Jenny, una puta nigeriana guapísima de 19 tristes años y que temblaba de frío, dónde había rumanas.

“En Montera”, me dijo, y a Montera fuimos. No sé qué carajo quería yo que hiciera Dat con las putas rumanas, quizás creía que le podían decir dónde dormir o algo así, porque suponía que entre compatriotas se entenderían.

Suponía mal. Una puta de 22 años y ojos como cielos llamada Alina empezó diciendo que ella no hablaba con rumanos: “Tú, sí; él, no”. Dat reía.

Fuimos a otro grupo de rumanas. Dom (o así le entendí yo que me decía) me quería llevar a la catrera, pero le dije que no tenía dinero. “¿Cómo se dice dinero en rumano?”, le pregunto a Dat. Ella responde: “Nam”. Dat reía, yo también. Dom también se negó a hacerle caso alguno a su compatriota.

De las pocas cosas que le entendí a Dat en rumano fue que su embajada ni siquiera le hacía el pasaporte, que no lo ayudaban en nada, y que por eso andaba con un papelito de mala muerte de la Generalitat catalana por si la policía lo paraba, y ya en tono más jocoso, que las rumanas no querían saber nada con rumanos cuando dejaban Rumania. Ni siquiera las prostitutas.

Nos saludamos con un buen apretón de manos. Le di un par de puchos para que tuviera.

Así es Madrid. Dat está en la calle, joven y sano, ciudadano de la Unión Europea, y no puede trabajar. Está lleno de putas nigerianas en la calle. Está lleno de putas colombianas, ecuatorianas, brasileñas, rumanas y españolas.

En Madrid, las putas argentinas no son de calle, sino de departamento, y contactan a sus clientes por Internet, agencias o avisos clasificados. Las uruguayas igual.

La Gran Vía y sus inmediaciones son una intensísima destilería de tristeza humana. Como el mundo.

sábado, abril 15, 2006

La posibilidad del retiro en el Parque del Retiro

Ayer, 13 de abril de 2006, fuimos a eso de las tres de la tarde al Parque del Retiro a tirarnos un rato al césped, al sol, con unos mates, unas manzanitas y unos yogurcitos.

Las exposiciones al sol, especialmente si son rodeadas de verde, reconfortan mi alma y me cargan las pilas para seguir adelante en la dura tarea de vivir. Oh, dura tarea cotidiana.

Pero retiro es cualquier cosa menos lo que uno encuentra en el Parque del Retiro un Jueves Santo.

Vamos a ser justos: lleno de gente como estaba, sigue siendo un retiro de la jungla de cemento que es Madrid, de la jungla de aire viciado que es el metro, de la jungla de ruidos de vehículos y artefactos electrónicos que se encuentra en cualquier parte de la ciudad, de la jungla de olores de restos de combustibles (fósiles para los coches y orgánicos para los humanos), de todas esas consecuencias infectantes del crecimiento económico, de la masificación, de la tecnificación de las ciudades.

El problema es que tal retiro también lo es para una gran cantidad de gente que busca lo mismo que uno: un retiro. Entonces si bien no deja de serlo, uno lo tiene que compartir con otros: guiris, familias de toda procedencia con niños de toda edad y motivaciones lúdicas, inmigrantes de diferentes países de Sudamérica (como uno) y el Este europeo, negros que venden el elemento esencial para la fabricación artesanal del cigarrillo de la risa, patinadores que se deslizan vertiginosamente por los caminos asfaltados del parque (y más vertiginosamente por lo no asfaltados), gente que se aventura en la verdes y opacas aguas del enorme estanque vigilado por férreos leones desde afuera y por amenazadores y enormes peces-gusano mutantes de genética sólo hallable en esta particular super pileta, y los siempre presentes tambores o lo que sea que castigan esa legión de individuos aficionados a la percusión que, de la misma manera en que lo hacía la murga de Córdoba, me rompía bastante las pelotas.

De todos modos, es relajante para mí ir a echarme al sol al Retiro, aunque la última frase del anterior párrafo no lo parezca. Es relajante por el sol y por el césped, principalmente, pero también por la gran cantidad de gente que va allí va a relajarse, también. Me explico: no es como en el día a día, en el Metro o en el Cercanías, cuando la gente va quemada, con cara de encule, con ganas de matar al jefe que va a ver en poco tiempo, otro día más. No. Al Retiro la gente a va exactamente a lo contrario que eso. Así que si le hablás a alguien en el Retiro, una tarde de feriado, tenés muchas posibilidades de que la persona te conteste con amabilidad. Lo contrario a si le hablás a alguien en el Metro, un día laboral. Por más esfuerzos que haga Gallardón por hacer del Metro un lugar más agradable (según dice), si la gente no colabora, seguiremos igual. (Por cierto, este año parece que, después de muchos años, hicieron pasar la Maratón de Madrid por el Parque del Retiro. Esta era una costumbre que se había dejado de lado por razones de cuidado de ese espacio natural, pero con tanta obra antinatural, Gallardón se quedó sin un lugar clave para que pase la maratón, y lo volvió a meter en el parque, con gran indignación del colectivo medioambental madrileño).

En fin, que ahí estaba yo, echado, disfrutando de no hacer un carajo, porque me había llevado un libro (Sexamor, de Filloy, de los que no podés llevar sin un diccionario al lado como todos los de Filloy, creo –digo creo porque son más de cincuenta, a lo mejor a alguno sí lo podés leer sin diccionario, qué se yo-), y no me daban ni cinco de ganas de leerlo (ni al libro ni al diccionario). En realidad sí me daban ganas de leerlo, pero también fiaca. Y todos sabemos que cuando la fiaca aparece, y no hay obligaciones perentorias que nos impidan obedecerla, siempre triunfa. Pero de repente… una visión: pasto verde rodeado de pequeñas flores blancas y amarillas, como pequeñas margaritas, como las que hay en los campos y quintas de la Argentina, que servían de marco al termo y el mate que yo estaba tomando. A retratar esa imagen, que hay un concurso de Correos de España que se llama Un rincón de mi país en España. La mandé, con palabritas lindas… “me hizo sentir que en cualquier sitio podemos estar en casa: porque ese césped, esas flores, ese mate y ese termo eran una instantánea idéntica a la de cualquier campo o quinta argentina. Un momento de mi país que se apareció por el Parque del Retiro un Jueves Santo para que lo pudiéramos atrapar con una camarita”. Suena cursi escrito en este blog, en el cual hacemos una (frustrada) campaña contra lo cursi (?), pero no está tan errada la idea. No ganaré el premio grande, pero con un regalito me conformo.