domingo, diciembre 30, 2007

Agitaciones de fin de año

Ir un 30 de diciembre al centro de Madrid es una locura. La muchedumbre y el agobio que provoca la aglomeración de personas llevan a la gente a exaltarse y a que los ánimos estén a flor de piel, por lo que el más mínimo roce puede llevar a una discusión que, probablemente, en otras circunstancias no tendría lugar. Y, por supuesto, las circunstancias sociales de los implicados en cualquier incidente influyen decisivamente en el desarrollo del mismo.

Me explico: en medio del trayecto de la línea 5 entre Chueca y Gran Vía, veo aparecer a un guardia del metro recriminándoles a unos individuos veinteañeros su conducta por haber cruzado de un vagón a otro con el tren en marcha, a través de las puertas del extremo del vagón.

Les gritaba y les daba sermones, les preguntaba si hablaban español, y los sermoneados, extranjeros aparentemente de Europa del este, se hacían los boludos, como si no fuera con ellos la cosa, pero sin pasarse.

Al salir del vagón en la siguiente parada, el guardia (muy grandote, por cierto) sale a perseguir a estos muchachos, presumiblemente con la civilizada intención de ponerles una multa o algo por el estilo.

En la estación bajaba un montón de gente y, aprovechando la confusión, los muchachos intentaron abrirse paso aceleradamente pero con cierta discreción para no llamar la atención, con el fin de evitar que los agarren los guardias, que iban atrás de ellos. Al principio, sin mucha convicción, pero unos instantes después de bajar el grandote empezó a perseguirlos con más vehemencia.

Una señora no muy mayor, de unos 45 o 50 años, le dijo al guardia: “Ésos son albano kosovares. Son mangantes, vienen a robar en el metro”.

“Déjese de hablar tonterías, señora”, dije yo, que venía a su lado. No sé si esos muchachos eran albano kosovares (seguro eran del este, pero no podría precisar exactamente de dónde), y tampoco sé si eran punguistas de metro: de lo que estoy seguro es de que la señora sabía lo mismo que yo, o menos. Sabiendo que no hay que dejarse llevar por las apariencias, creo oportuno señalar que los muchachos no tenían mucha pinta de ladronzuelos.

Era tal la cantidad de gente que bajaba que al final seguí mi camino y llegué a la salida antes que los protagonistas del conflicto, así que me puse a esperar para ver qué sucedía. Resulta que la persecución, bastante absurda en sus formas, se desarrolló con los muchachos caminando rápido delante de los guardias, con el grandote bastante exaltado que los seguía sermoneando, mechando en su discurso algún que otro insulto.

Pasadas las puertas de salida, el guardia grandote parece que se queda allí sin dejar de gritarles cosas, y al final uno se da vuelta y le dice algo al guardia, cuando ya creía que no lo iba a seguir. Entonces el de seguridad sale disparado detrás de él, con sus compañeros que intentaban sosegarlo, y lo agarra, lo zamarrea y le da un par de collejas, no demasiado fuertes. Al final lo deja ir, a instancias de sus compañeros de guardia, a quienes aparentemente no les parecía que los muchachos hubieran hecho nada merecedor de una paliza.

Me llamó la atención la exaltación del guardia grandote, quien parecía estar esperando algún incidente, por pequeño que sea, para descargar una ira que vaya uno a saber qué origen tendría, contra alguno que le diera un motivo, por insignificante que éste fuese.

En medio del revuelo no me fue posible sacar ninguna foto aceptable con mi móvil, y aunque no llevara mi camarita digital, tampoco hubiera sido posible hacer una foto en condiciones por la cantidad de gente que había y por las características del incidente.

Me pregunto, y seguramente mis lectores ya adivinan cuál será la respuesta que me doy a mí mismo, si la reacción del guardia grandote hubiera sido la misma si, por ejemplo, quienes hubieran cometido la falta de pasarse arriesgadamente de un vagón a otro por la puerta del extremo y con el tren en marcha hubieran sido unos muchachos madrileños de apariencia más convencional.

viernes, diciembre 28, 2007

La Navidad de Olya


Madrid puede ser alienante, como toda gran ciudad, pero es apasionante si se va con los sentidos alerta, ofreciéndote imágenes humanas como ésta: una rubia bien vestida ofreciendo La Farola a la entrada de una tienda en una de las zonas más comerciales de Madrid en plena época de frenesí consumista de fin de año.

En mis más de seis años en Madrid no recuerdo haber visto nunca una mujer ofreciendo la revista. Y menos a una rubia como Olya.

Los viandantes, en su ímpetu comprador, recorren alienados las calles Goya, Alcalá y Conde de Peñalver: durante los momentos en que me detuve a observarla, sorprendido de que una chica de su aspecto estuviera ofreciendo en la calle la conocida como la “revista de los indigentes” o el “periódico homeless”, nadie pareció compartir mi extrañeza.

Olya me dijo en un perfecto inglés, pues el español aún no lo domina bien, que acaba de llegar de Rusia, y que espera conseguir pronto un trabajo normal, pero que “hay que empezar por algo”.

Me mira a los ojos con firmeza: no noto en ella el más mínimo atisbo de vergüenza ni fastidio. La vida hay que tomarla como viene y hacer con ella lo que se quiera y pueda, y así vamos avanzando: tirando.

Me dice que algo saca, que le alcanza para sus gastos. Me pregunto si su aspecto la ayudará un poco. Probablemente: Olya es rubia, guapa, viste a la manera occidental; es una de nosotros y debemos ayudarla. Su situación es accidental. La de los negros, en cambio, no: ellos están acostumbrados a ser pobres. Es ley de la vida, piensa Occidente.

jueves, diciembre 27, 2007

Amabilidad


En mis años de vida en España he visto o me he enterado por fuentes fidedignas de muchos episodios de violencia, intimidación y abusos de autoridad por parte de fuerzas de seguridad españolas, tanto privadas como estatales.

Recuerdo el caso en la Gran Vía de un negro flaco y alto, fuerte y fibroso, pero no de físico imponente, a quien un grupo de unos ocho policías había detenido por no se qué asunto y le pegaban para hacerlo entrar al coche, algo a lo que el africano se resistía a la vez que gritaba que no le robaran el móvil ni sus pertenencias.

"¡Policías españoles ladrones, españoles ladrones"
, gritaba en un perfecto español con fortísimo acento de algún país de África. No logró que no le quitaran el móvil; nunca sabré si efectivamente se lo habrán robado. En términos de precisión en el lenguaje periodístico formal quizás sea incorrecto hablar de robo en ese caso. Pero a mí me gusta pensar que es eso y no otra cosa que la policía le quite el móvil al negro y no se lo devuelva. Extremo que desconozco.

Otra cosa que suele verse mucho es a grupos de extranjeros que trabajan con sus mantas vendiendo en la calle productos muchas veces falsificados, que la gente consume con fruición, salir disparados ante las persecuciones de la policía, que le confisca todos los bienes si los agarran. Otro día hablaré con más detalle sobre ello.

Lo que la semana pasada me llamó la atención fue que bajaba yo por una de las escaleras del metro con dos hombres de seguridad, y vi a un negro vendiendo discos con la manta. El ambiente estaba muy tranquilo y no había mucha gente. Amablemente, los dos se acercaron al negro y le hicieron señas de que se fuera. Antes de que le hicieran la seña, el negro estaba levantando ya su manta, sin prisas ni violencia directa: no pedimos que se permitan actividades fuera de la ley como la venta de productos falsificados fabricados masivamente para su distribución en el mercado negro con mano de obra empleada abusivamente.

Pero sí agradeceríamos que, por regla general, sean estos los modos de combatirlo. Y, por supuesto, que ese combate tenga su epicentro en desarmar las bases de este comercio ilegal, no en los extremos más debiles, los manteros.

lunes, diciembre 17, 2007

Otro chandalero que golpea a una extranjera en el metro

Viernes 14 de diciembre de 2007. Línea 6 de del metro de Madrid.

Un chaval español de unos 19 años, alto, rubio, ataviado con chándal, mantenía un intercambio de opiniones con un boliviano.

El boliviano venía con un amigo; parece que de trabajar.

Alguno de los dos (el español o el boliviano), pisó o empujó al otro, y hubo una discusión con una pequeña trifulca, con algunos golpes y empujones no demasiado violentos.

El chaval español estaba bastante enojado con el boliviano, que más bien lo que quería era evitar meterse en problemas, y el amigo del boliviano, también boliviano, se interponía entre ambos con palabras conciliadoras.

Un colombiano con un afeitado de esos medio dibujados que se hacen algunas personas de estética maquinera, y que conocía al español del barrio, intentaba mediar en el conflicto con palabras dirigidas al boliviano. Por ejemplo: “Te voy a romper esa carita tan linda que tienes”.

El otro boliviano también intentaba mediar, diciendo cosas como “hay que tenerse respeto” y se colocaba frente al español y al colombiano para evitar agresiones contra su amigo.

La situación era de mucha tensión, con todo el pasaje del vagón mirando, en hora pico, pero la violencia física no se salía de control. Alguna cachetada, algún empujón, nada más.

También un señor español de unos 60 años se cansó de la discusión y comenzó a mediar para que se dejaran de joder, y después de unas tres paradas de discusiones absurdas, el boliviano mediador se llevó a su amigo al otro extremo de la fila de asientos, frente a la puerta contigua, en un intento de que la situación se distendiera.

Cuando todo parecía calmado, el joven portador de chándal bajó en la estación de Usera, salió del vagón por la puerta de la discusión y se paró frente a la puerta donde estaban los bolivianos. Antes de que el metro cerrara sus puertas, le metió una patada bastante violenta en la espalda a Liliana, una chica ecuatoriana que venía de hacer las compras, haciéndola caer a ella y a su carrito a los pies de los bolivianos.

Los pasajeros miramos asombrados, pero ninguno hizo nada. Yo no tenía mi cámara conmigo y el móvil estaba apagado, por lo que no me daba tiempo de encenderlo para hacerle una foto al golpeador. Alguno de nosotros podría haber ido a darle una buena paliza al rubio chandalero. Ninguno lo hizo.

Liliana no quedó lesionada. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, que no estaba dolorida, que lo peor fue el susto.

Cuando le conté la anécdota a una amiga , su opinión fue que el chandalero era un cobarde que le iba a pegar a mujeres, y además a una que iba con un carrito de bebé. Yo le dije que no, que el carrito era de la compra. Y me di cuenta de que al chandalero le hubiera dado exactamente lo mismo.

martes, diciembre 11, 2007

El chandalero, los negros y la señora china


19:27 Hora pico en el metro de la línea 10 antes de la estación de Batán. La gente viene estresada del trabajo, apretujada, en el ambiente de sofocante encierro se entremezclan perfumes y aromas de mujeres, y olor a sudor acre de hombres.

De repente, pero muy de repente, un chaval de chándal de unos 16 años salta de su asiento y le asesta, a una señora china de aproximadamente 40 años, una brutal patada en plan karateca que la estampa contra una de las puertas del metro.

La señora queda tirada en el piso, y tres negros africanos grandotes que vieron la agresión toman al chaval del cuello, de los brazos, de donde sea que lo hayan agarrado, y con gran exaltación debaten qué hacer con él, mientras la noviecita del chaval, también de chándal, con un piercing dorado sobre su labio superior y bastantes joyas de similar estilo, grita que no le peguen, que es menor. Los pasajeros miran, hablan entre ellos, dicen cosas, íntimamente a la mayoría de ellos les gustaría que el chaval se lleve una buena paliza, pero nadie se quiere meter en un problema que no es suyo.

19:28 Uno de los negros mira a la señora china y observa que la cara se le comienza a hinchar por el golpe contra la puerta. El grafismo de la violencia termina de sacar de quicio al negro, que le arrebata al chaval a uno de sus amigos y toma la justicia por su mano: le revienta la cara contra el cristal de una puerta, que se resquebraja, entre los gritos histéricos de la novia.

19:29 Desconozco los sistemas que tienen los vagones de metro para que el conductor se entere de lo que pasa, pero el tipo enseguida aminoró la velocidad y anunció por los altavoces: “Se informa a los señores pasajeros que debido a incidentes ocurridos en uno de los vagones de este tren, vamos a entrar lentamente en la estación de Batán, a donde espera la policía”. La tensión duró alrededor de un minuto, y los tres negros se apostaron frente a la puerta, listos para salir corriendo en cuanto se abriera para no ser atrapados por la policía.

19:30 Las puertas se abrieron y los negros no salieron corriendo, aunque sí a paso firme, sin mirar a los canas. La gente no dijo nada porque no quería meterse en quilombos que no eran de ellos. La novia del chaval estaba más preocupada en decirle a los canas que el pibe era menor y que lo llevaran al hospital que en continuar la movida con los negros. Seguramente era lo mejor para todos. La policía tomó declaraciones a algunos pasajeros y, por supuesto, a la pobre señora china. Se desconoce el posterior desarrollo del caso.

En España pasan cosas como ésta, pero en realidad, proporcionalmente, son muy pocos los incidentes entre inmigrantes y españoles.

Indudablemente el chaval merecía una reprimenda, pero la violencia no soluciona nada: ¿Qué pasará si este chaval y su pandilla (que por desgracia supongo que existen altas probabilidades que sean un atajo de descerebrados como él) se cruza con algún negrito más joven por ahí, sea un negro 'puro' africano o un mulato dominicano?

De todos modos, lo más habitual es ver a inmigrantes y españoles perfectamente integrados. La interacción en los ámbitos laborales, escolares, académicos o de esparcimiento lleva a que la gente pueda entenderse y acercarse a partir de las cosas que tienen en común, que vistas con un poco de optimismo siempre son más que las que los separan. Incluso creo que el temperamento español en general, más abierto que el de los países del norte de Europa (resalto: temperamento, no mentalidad), favorece la integración de todos.

A veces aparecen tarados como el chaval del chándal que rompe de una patada todos los esfuerzos de acercamiento entre las personas. Pero no pasa a menudo.

viernes, diciembre 07, 2007

Dat y la destilería de tristezas

Me crucé con Dat frente a la Plaza de España. Me vio que venía fumando un pucho y me pidió uno.

Fuimos fumando por la Gran Vía un par de cuadras, intentando entender lo que nos decíamos. Creo haber comprendido que llevaba como desde el comienzo de 2007 (cuando Rumania entró en la Unión Europea) vagando por España, intentando infructuosamente trabajar dignamente. Y seguramente trabajando muchas veces en condiciones de explotación inaceptables.

Me decía que no tenía pasaporte (o yo creo que es eso lo que me decía en rumano), y me mostraba como único documento identificativo una hoja A4 doblada y ajada de tanto llevarla en el bolsillo y expedida por alguna dependencia de la Generalitat de Cataluña. No sé qué decía, pero ese era su documento identificatorio en España.

Un par de esquinas más adelante vino a abordarnos el típico ofertante de prostitución cabaretera granviesca y yo, que esa noche estaba preguntón, quise saber de dónde era.

Resulta que Katali, que así se llamaba, también era rumano, y me costó bastante hacerlos hablar a ellos dos en su lengua para que se entendieran. Era como si les pareciera raro que un argentino intentara que dos rumanos se comprendan entre sí. Yo le decía al tarjetero del breca que le diera una mano a su compatriota y viera si podía encontrarle un laburito de eso. Y éste, tras la extrañeza inicial, se copó y se puso a explicarle a Dat cosas del laburo, como que se paraba en no sé que esquina y hacía no sé qué, y le decía algo del salari.

En fin, que seguimos, y probablemente Dat vaya un día a hablar con Katali para conseguir un salari.

Dat seguía caminando a mi lado y entonces le pregunté a Jenny, una puta nigeriana guapísima de 19 tristes años y que temblaba de frío, dónde había rumanas.

“En Montera”, me dijo, y a Montera fuimos. No sé qué carajo quería yo que hiciera Dat con las putas rumanas, quizás creía que le podían decir dónde dormir o algo así, porque suponía que entre compatriotas se entenderían.

Suponía mal. Una puta de 22 años y ojos como cielos llamada Alina empezó diciendo que ella no hablaba con rumanos: “Tú, sí; él, no”. Dat reía.

Fuimos a otro grupo de rumanas. Dom (o así le entendí yo que me decía) me quería llevar a la catrera, pero le dije que no tenía dinero. “¿Cómo se dice dinero en rumano?”, le pregunto a Dat. Ella responde: “Nam”. Dat reía, yo también. Dom también se negó a hacerle caso alguno a su compatriota.

De las pocas cosas que le entendí a Dat en rumano fue que su embajada ni siquiera le hacía el pasaporte, que no lo ayudaban en nada, y que por eso andaba con un papelito de mala muerte de la Generalitat catalana por si la policía lo paraba, y ya en tono más jocoso, que las rumanas no querían saber nada con rumanos cuando dejaban Rumania. Ni siquiera las prostitutas.

Nos saludamos con un buen apretón de manos. Le di un par de puchos para que tuviera.

Así es Madrid. Dat está en la calle, joven y sano, ciudadano de la Unión Europea, y no puede trabajar. Está lleno de putas nigerianas en la calle. Está lleno de putas colombianas, ecuatorianas, brasileñas, rumanas y españolas.

En Madrid, las putas argentinas no son de calle, sino de departamento, y contactan a sus clientes por Internet, agencias o avisos clasificados. Las uruguayas igual.

La Gran Vía y sus inmediaciones son una intensísima destilería de tristeza humana. Como el mundo.

sábado, mayo 20, 2006

Volviendo a la música moderna de los '80 - '90

Gracias al Ares (ya que no me gustan el Kazaa ni el E-mule, y además, desconozco por qué razones técnicas, nunca podía descargar nada de esos programas -la lista de espera siempre era muy larga-, y también me parecen muy invasivos) he recobrado parte de mi adolescencia: los primeros cuatro (y, bueno, podemos agregar algo del quinto) discos de Fito Páez.
Su quinto y su sexto LP solista son de transición (Tercer Mundo anunció el cambio que se venía, y El amor después del amor lo materializó, aunque manteniendo algunas oscuras genialidades que lo hicieron verdaderamente grande en tiempos más inmaduros de su vida, cuando uno es tan joven que aún no tiene verdadera conciencia de la existencia de ese instinto de conservación-ismo y ahorro en todo sentido que aparece con los años: por eso era mejor su arte por entonces, creo yo, humildemente, aunque vehementemente lanzado a opinar sobre la obra de un músico... eso es lo que solemos hacer los periodistas, algunos con algo más respeto que otros: hablar de los demás, qué tristeza de profesión). En todo caso, me sentí agradecido a Fito Páez por esas canciones.
Fue increíble darme cuenta de cuánto tiempo hacía que no escuchaba temas como Tres agujas, Cable a tierra, Tatuaje falso, Por siete vidas (Cacería), Pomba Bye-Bye, B-Ode y Evelyn, o Ámbar Violeta, por mencionar algunos de los que más me conmovió volver a sentir. Ese darme cuenta de cuánto hacía que no los escuchaba tiene que ver con esa conmoción: parecía, a nivel sensaciones, que en el fondo, esas canciones se habían quedado ahí adentro esperando que alguien les abriera la válvula para volver a sonar: que necesitaban escuchar su propio eco dentro de mi cuerpo, eco del sonido que entraba por mis oídos, para remover mis más profundas entrañas.
Hace ya una semana o más que ando copado bajando temas de algunos de la troupe rosarina, incluyendo las infaltables interpretaciones de Silvina Garré y Baglietto.
Y entre tanto furor bajativo, me puse a bajar canciones de Tino Casal, un español símbolo de la movida madrileña de los ochenta, de quien yo no conocía mucho. Y la sorpresa fue tan o más agradable que cuando me dispuse a descubrir a Loquillo (y los Trogloditas), de quien también me gustaba lo que había escuchado pero no había intentado conocer más antes de conocerlos. Claro que Loquillo sobrevivió a esa época y hoy sigue más vigente que nunca, resistiendo a las multinacionales pero sin ir por ello de víctima renegada, sino peleando con hidalguía y, lo mejor de todo, venciendo.
Así que, para los que no los conozcan, a bajarse a Loquillo pero, sobre todo, a Tino Casal. No les cuento más nada porque pueden encontrar más información en estos seis vínculos: 1, 2, (en este te podés bajar la cola de una película homenaje a él), 3, 4, 5 y 6. Y en You Tube buscar vídeos y entrevistas de él. Chau.

viernes, mayo 19, 2006

Hijo de puta, hay que decirlo más

En España, mostrar esto entre gente entendida ya estaría un poco pasado de tiempo. Pero como a mi blog lo ven más que nada argentinos, aquí les pego este videito, que me recomendó Tatino, y la verdad es que indescriptiblemente bueno y genial. Es de una especie de Cha cha cha español llamado La Hora Chanante. Claro que lo dan por cable, si acá en España intentaron que tuviera éxito la mejor serie que vi en mi vida, Vientos de agua, y les fue tan mal que "no duró ni dos telediarios", como dicen acá. La telebasura española no tiene nada que envidiarle a la nuestra. Miren el video y que lo disfruten tanto como yo. Y ojo que envicia.

sábado, abril 15, 2006

La posibilidad del retiro en el Parque del Retiro

Ayer, 13 de abril de 2006, fuimos a eso de las tres de la tarde al Parque del Retiro a tirarnos un rato al césped, al sol, con unos mates, unas manzanitas y unos yogurcitos.

Las exposiciones al sol, especialmente si son rodeadas de verde, reconfortan mi alma y me cargan las pilas para seguir adelante en la dura tarea de vivir. Oh, dura tarea cotidiana.

Pero retiro es cualquier cosa menos lo que uno encuentra en el Parque del Retiro un Jueves Santo.

Vamos a ser justos: lleno de gente como estaba, sigue siendo un retiro de la jungla de cemento que es Madrid, de la jungla de aire viciado que es el metro, de la jungla de ruidos de vehículos y artefactos electrónicos que se encuentra en cualquier parte de la ciudad, de la jungla de olores de restos de combustibles (fósiles para los coches y orgánicos para los humanos), de todas esas consecuencias infectantes del crecimiento económico, de la masificación, de la tecnificación de las ciudades.

El problema es que tal retiro también lo es para una gran cantidad de gente que busca lo mismo que uno: un retiro. Entonces si bien no deja de serlo, uno lo tiene que compartir con otros: guiris, familias de toda procedencia con niños de toda edad y motivaciones lúdicas, inmigrantes de diferentes países de Sudamérica (como uno) y el Este europeo, negros que venden el elemento esencial para la fabricación artesanal del cigarrillo de la risa, patinadores que se deslizan vertiginosamente por los caminos asfaltados del parque (y más vertiginosamente por lo no asfaltados), gente que se aventura en la verdes y opacas aguas del enorme estanque vigilado por férreos leones desde afuera y por amenazadores y enormes peces-gusano mutantes de genética sólo hallable en esta particular super pileta, y los siempre presentes tambores o lo que sea que castigan esa legión de individuos aficionados a la percusión que, de la misma manera en que lo hacía la murga de Córdoba, me rompía bastante las pelotas.

De todos modos, es relajante para mí ir a echarme al sol al Retiro, aunque la última frase del anterior párrafo no lo parezca. Es relajante por el sol y por el césped, principalmente, pero también por la gran cantidad de gente que va allí va a relajarse, también. Me explico: no es como en el día a día, en el Metro o en el Cercanías, cuando la gente va quemada, con cara de encule, con ganas de matar al jefe que va a ver en poco tiempo, otro día más. No. Al Retiro la gente a va exactamente a lo contrario que eso. Así que si le hablás a alguien en el Retiro, una tarde de feriado, tenés muchas posibilidades de que la persona te conteste con amabilidad. Lo contrario a si le hablás a alguien en el Metro, un día laboral. Por más esfuerzos que haga Gallardón por hacer del Metro un lugar más agradable (según dice), si la gente no colabora, seguiremos igual. (Por cierto, este año parece que, después de muchos años, hicieron pasar la Maratón de Madrid por el Parque del Retiro. Esta era una costumbre que se había dejado de lado por razones de cuidado de ese espacio natural, pero con tanta obra antinatural, Gallardón se quedó sin un lugar clave para que pase la maratón, y lo volvió a meter en el parque, con gran indignación del colectivo medioambental madrileño).

En fin, que ahí estaba yo, echado, disfrutando de no hacer un carajo, porque me había llevado un libro (Sexamor, de Filloy, de los que no podés llevar sin un diccionario al lado como todos los de Filloy, creo –digo creo porque son más de cincuenta, a lo mejor a alguno sí lo podés leer sin diccionario, qué se yo-), y no me daban ni cinco de ganas de leerlo (ni al libro ni al diccionario). En realidad sí me daban ganas de leerlo, pero también fiaca. Y todos sabemos que cuando la fiaca aparece, y no hay obligaciones perentorias que nos impidan obedecerla, siempre triunfa. Pero de repente… una visión: pasto verde rodeado de pequeñas flores blancas y amarillas, como pequeñas margaritas, como las que hay en los campos y quintas de la Argentina, que servían de marco al termo y el mate que yo estaba tomando. A retratar esa imagen, que hay un concurso de Correos de España que se llama Un rincón de mi país en España. La mandé, con palabritas lindas… “me hizo sentir que en cualquier sitio podemos estar en casa: porque ese césped, esas flores, ese mate y ese termo eran una instantánea idéntica a la de cualquier campo o quinta argentina. Un momento de mi país que se apareció por el Parque del Retiro un Jueves Santo para que lo pudiéramos atrapar con una camarita”. Suena cursi escrito en este blog, en el cual hacemos una (frustrada) campaña contra lo cursi (?), pero no está tan errada la idea. No ganaré el premio grande, pero con un regalito me conformo.

lunes, abril 10, 2006

Menardo y las fuerzas de la naturaleza (I)

A Menardo, como les contaba, nada lo hacía caer. Todos lo veían como un loco, y tenían razón. O quizás, no. Porque Menardo sabía que era un elegido en lo referente a ser una verdadero superdotado del pilotaje, llevando a la conducción zanellística a cotas que Don Zanella jamás pensó que un ciclomotor de 50 cc. sin retocar en ninguno de los tan mentados talleres motociclísticos villamarienses pudiera siquiera soñar en alcanzar.

Pero una vez, Menardo conoció suelo. Fueron fuerzas de la naturaleza las que lograron la proeza…

Fue como si le dijeran: "Sos humano".

¿Deberemos a esa experiencia, no demasiado traumática, la realidad de que Menardo sea, años después, una persona sana y que no se haya adentrado en esos terrenos cenagosos en los cuales el ser humano tiende a estirar demasiado los límites de su tolerancia, sin detenerse a pensar en que tales límites no son barreras rígidas que si no se las franquea de una vez permanecen tal cual están, sino que se trata de fronteras laxas que si sufren embates excesivos se resienten y permiten el ingreso del daño a la humanidad cuya protección era su misión?

(to be continued…)

viernes, marzo 31, 2006

Otra buena web denunciadora y activa

Seguimos con nuestra humilde cruzada a favor de las organizaciones defensoras de los animales y/o el medio ambiente. Esta vez le toca el turno a la Fundación Altarriba, una organización catalana que tiene un portal muy interesante, lleno de interactividades y descargas. Tiene videos de barbaridades que hacen algunos con los animales, a modo de denuncia, advirtiendo con un iconito en alguno de ellos de que el contenido puede herir sensibilidades. Yo ni los vi, pero si alguien necesita verlos para concientizarse más, que los vea. Y si alguno los ve por morbo, que se honesto y avise así preparamos una bombita para ir a metérsela en el culo y accionar el detonador.
Este portal, al igual que el de la Red Yaguareté, tiene un perfil principalmente activo y participativo: no se limita a declamar (como este blog), sino que ofrece animales en adopción, ponen anuncios de pérdidas, etc. Échenle un vistazo.

miércoles, marzo 22, 2006

La constatación de un fracaso

El último posteo que hice en este blog, del 10 de marzo de 2006, era la primera parte de un cuento llamado "El Gordo de las papas fritas" que, tras cortarse rotundamente en medio de una frase, rezaba: "Nota del autor: (Si no recibo por lo menos 20 [sí, veinte] pedidos de personas diferentes, con sus respectivos e-mails identificatorios, para seguir el cuento -que ya está terminado-, no publico lo que falta. Hace un par de días que dejé este mensaje y no recibí aún ningún comentario. No tengo esperanza de llegar a juntar los veinte, pero como soy hombre de palabra, si no los consigo, no publicaré el resto del cuento).".

Como se dice literalmente en la nota, modificada un par de días después de su primera publicación, no había recibido por entonces ningún comentario ni ninguna exhortación a proseguirlo. Ayer recibí el primer comentario, exigiendo más posteos, de mi amigo y fiel visitante de "La Posta de la Vida", Luciano Menardo. "Luciano dijo... Quermos más posteos...", decía el mensaje, a secas. Ni siquiera había exigido que publique la continuación del cuento.
Ante tal constatación de fracaso, he decidido retirar de mi blog la propuesta, el fragmento de cuento y la posibilidad virtual de la continuación del mismo por este medio.
Asimismo, y para que no todo sean pálidas, informo a los lectores que una serie de mejoras técnicas en mis medios de publicación de este blog me posibilitarán consecuentemente mejorarlo en el futuro. Será entonces cuando comience a darle más publicidad: cuando los resultados sean más acordes a las expectativas...
Mientras tanto, no dejes de volver en busca de nuevos textos.
Gracias.

sábado, marzo 04, 2006

Menardo, El que no se Cae

Pero contra todo pronóstico, Menardo nunca se cayó de la Zanellita, una posibilidad que tenía en vilo, razonablemente, a medio Villa María.
Eran los tiempos convulsos de nuestra adolescencia, cuando cada vez que nuestros padres nos decían "Tengo que hablar con vos, me han dicho una cosa", nosotros pensábamos que se nos venía la tumbada, que nos iban a decir que nos drogábamos (que era una tumbada aunque no nos drogáramos, porque además estábamos, y estamos, moralmente más del lado de los drogadictos que de los botones, naturalmente).
Menardo no se cayó nunca de la Zanellita, y era difícil en tiempos en los cuales para todos, el caernos de la moto formaba parte intrínseca del folclore de la aventura de vivir en Villa María por aquellos tiempos convulsos de la adolescencia, donde además de manejar de manera imprudente, a bordo de la motocicleta solíamos dedicarnos más a mirar a las transeúnte que a ciudar de nuestra conducción, de por sí bastante carente de aptitudes (salvo en el caso de Menardo, que posee condiciones sobrenaturales para andar en moto, quién sabe si ahora estaría sacando fotos si se hubiera dedicado a la competición sobre dos ruedas mecanizadas: aunque seguro que sí, pero sacando a los culos de las promotoras de las escuderías). Básicamente, nadie dudaba de que había que caerse de la moto: los que teníamos, lo que no tenían y se caían por partida doble (manejando moto prestada o yendo de acompañantes), y Menardo. Sin embargo, él no se cayó nunca.
Más de diez años después, Menardo ya no tiene su Zanellita (motitos de la época cuya corta vida útil hace muy improbable encontrar ejemplares de esa época repartiéndonos nostalgias de cuando eramos jóvenes y despreocupados en las calles de la Villa). Ahora tiene una mucho más distinguida Vespa, pero sigue andando igual de fuerte, como cuando tenía 17 años y se iba a comer el mundo a fuerza de manducarse fotocopias de apuntes contieniendo las reflexiones de los más altos altos pensadores disponibles por ese entonces. Hoy ninguno de nosotros se come el mundo, pero no me cabe la menor duda que Menardo es uno de los más felices de todos nosotros. Pichón de periodista reconvertido en fotógrafo de la vida previa intensa sobredosis vital en las calles de Buenos Aires, una sobredosis de combustible que estoy seguro tiene mucho que ver con su felicidad actual.
En seis meses en Buenos Aires, culminada nuestra etapa universitaria (uno la culminó de una manera y el otro de otra) vi apenas un par de veces a Menardo. Cada uno estaba en su historia, él despégandose de una y yo también. Él viviendo una nueva y yo en medio de la transición hacia otra (y sabemos que toda época que merezca ser definida lo más dignamente posible como transición, y es pretendo que lo sea, también debe tener ingredientes convulsos y espacios de oscuridad que a veces ni los propios implicados sabríamos desentrañar).
Hoy los dos estamos en oootra etapa, diferente a aquella de Villa María, a la universitaria de Córdoba (que en esa época era una fiesta con pocos obstáculos y que parecía no tener fin) y a esa de Buenos Aires. La mía la conozco de sobra, o no. La de Menardo, seguro que no. ¿Te interesa conocerla, lector, con pelos y señales? No será eso posible, claro que no. Pero algo conocerás. Mantenete acá, fiel a mis avances, y sabrás más cosas de la apasionante vida de Menardo.

lunes, febrero 27, 2006

Ved en trono a la noble igualdad (I)

Artículo 25º.- El Gobierno federal promoverá la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes.
Me di cuenta de esta antigualla que aún tenemos en nuestra Constitución leyendo en Clarín el reportaje Vivir entre miradas filosas y la sombra de la discriminación, de Pablo Calvo. No lo cambiaron en 1994. Lo de "europea", digo. La discriminación está consagrada en nuestra Carta Magna.
¿Tenemos derecho a quejarnos si nos discriminan en otros países? Sí, claro. Sobre todo porque no fuimos nosotros los constituyentes de 1994 (ni siquiera mento a los unitarios precursores, otros buenos hijos de puta salvados por los historiadores con la vieja mentira de las circunstancias históricas). Pero ese derecho sólo será pleno si nos quejamos con al menos el mismo ímpetu de las discriminaciones que otros hermanos sufren en nuestro país. Ah, y ese artículo 25 además de una antigualla es una hijoputez.

sábado, febrero 25, 2006

Avances de la novela vital de Menardo

Ahora que sé que estás escribiendo, voy a volver a controlar diariamente tu blog (o día por medio, si ando con muchas cosas). Entré quinientas veces desde la última vez pero como no ví cambios, me dije que te estabas dedicando a escribir más en privado.
Eso me escribió mi amigo Luciano Menardo en un mail reciente, lo que me obliga a ser más constante con este blog. Empezo mál la empresa: es el 25 de febrero a la noche, cuatro días después de que Menardo me escribiera eso, recién ahora estoy cumpliendo con mi deber moral.

Este posteo, en consecuencia, va a ser en honor a él, a Luciano Menardo, un adalid de la acción por sobre la paja mental que busca la felicidad de la forma más directa posible: buscándola.

Pocas veces he visto a una persona más... perdón, nunca... Nunca he visto a una personas más temeraria en la conducción de una motocicleta. Desde los tiempos de su Zanellita gris, en los que desafiaba las más elementales leyes de la gravedad inclinándose en grados imposibles que nos sumían a los observadores en una especie de vértigo contemplativo que nos hacía sentir a nosotros, simples mortales, como se sentiría un aficionado a la Fórmula Uno oriundo de Marcos Juárez que se ganara en un sorteo de yogures descremados, que había comprado para su mujer que se había puesto a dieta, un fin de semana para dos personas en Mónaco en hotel de lujo para asistir a los entrenamientos y a la consecuente carrera de la máxima categoría del automovilismo de pista mundial en el más emblemático de sus circuitos.

martes, febrero 21, 2006

El wasabi no es el jengibre

Hace unos meses leí un libro, Wasabi, una novela de Alan Pauls. Me pareció horroroso. Yo tengo un amigo, José Satite, a quien nunca querría yo torturar con malas lecturas, pero como esto de la literatura (como en la música moderna, por ejemplo) es tan azaroso que uno nunca sabe, se lo dejé a ver si le gustaba. Y también porque no soy perfecto, que a veces también recomiendo porquerías que a mí me parecen buenísimas.
Los dos desconocemos al libro: yo sostengo que en agosto pasado, cuando José vino a mi casa, le dejé el libro para que se lo llevara. Él sostiene que me mandó el libro con las mismas intenciones que yo a él, advirtiéndome que era malo, pero que no es una devolución del libro.
Porque, debo decir, que José me mandó Wasabi junto con las galletitas de jengibre, en un ataque de niponismo que le agarró y que yo agradezco enormemente, más por el jengibre que por el wasabi. Junto a Wasabi me mandó El caos, de J. Rodolfo Wilcock. Apenas acabo de empezarlo y ya me parece excelente y divertido (sobre todo divertido: qué diferente a Wasabi).
Le escribo a José: "Es notable, pero parece que los escritores estos de hoy en día que tanto gustan de escribir en primera persona le hubieran copiado al libro ése". Al de Wilcock, me refiero.

Mate con galletitas de jengibre, o la felicidad

El domingo 19 de febrero, por la tarde, descubrí algo que se asemeja bastante a la idea que tengo de felicidad: tomarme unos mates con unas galletitas de jengibre (de una tacada no te podés comer más de tres o cuatro, porque son fuertes).
¿Qué hubiera sido de nuestros estoicos gauchos materos si hubieran conocido las galletitas de jengibre? Hubieran sido mucho más refinados y quizás no se hubieran producido (o al menos no de la manera en que se producieron) los enfrentamientos entre unitarios y federales que asolaron gran parte de nuestro fundacional siglo XIX.
Qué curioso, qué aleatorio es el mundo. Las galletitas de jengibre al rescate de la Argentina. Pero las invasiones inglesas no las llevaron.

domingo, febrero 19, 2006

Dos sitios güé

Estuve visitando dos sitios web: Alihuen: en defensa del ambiente y de todas las formas de vida y Red Yaguareté. Son dedicadas ambas a la protección de nuestro medio ambiente argentino (aunque eso de la protección del medio ambiente no entiende de fronteras). La segunda, como su nombre lo indica, está focalizada en la protección de nuestro tigre del litoral, el yaguareté.

Ambas son muy activas y no se limitan a poner una serie de fotos y a proporcionar información básica (que están muy bien aquellas webs que lo hacen, siempre en estos casos es preferible que sobre y no que falte), sino que hacen denuncias concretas, recogen firmas para influir concreta y positivamente en el mundo en el que quieren influir. Merecen mi admiración.

viernes, enero 27, 2006

Zapatero (I)

Hoy estaba en un lugar, y salió el tema de la entrevista que Iñaki Gabilondo le hizo a Zapatero anoche, es decir, la noche del jueves 26 de enero de 2006, en el nuevo canal español de televisión abierta, Cuatro, cuyo otorgamiento de licencia tanta polémica generó.
Zapatero, era el tema. Yo dije, por decir, para ver qué pasaba, y también porque así lo pienso, que yo no le ponía a ninguna pega a su gobierno, y que Zapatero me parecía un crack, un gran político.
Entonces, un viejo (no tan viejo tampoco) que siempre dice estupideces, porque siempre dice estupideces y comentarios imbéciles, y la va de pedante porque ni siquiera lo es, lo que es aún peor que serlo, agarra y "reflexiona": "Lo que pasa es que Argentina es un país tan autodestructivo que ahora véis a España, que se autodestruye, y os sentís identificados", o alguna sandez por el estilo, procediendo posteriormente a insultar de diferentes manera al presidente de España elegido por el voto popular (que quiere decir más o menos poco), uno de los cuales fue una cita del opositor Mariano Rajoy, una vez que llamó "bobo solemne" a ZP.
A mí, debo confesarlo, con enrojecimiento, me pudo la furia. Perdón, la furia no pudo conmigo, pues yo no reaccioné con ningún tipo de animosidad ni animadversión contra el individuo. Con quien sí pudo esa furia interior fue con mis argumentos: no estuve en condiciones anímicas ni mentales de responderle nada a ese viejo imbécil en ese momento. Estúpido, venir ahí a argumentar que una persona, como viene de un lado, piensa así o asá. O sea, que sí, que algunas veces sí eso puede tener algo que ver. Pero no en este caso, coño. Afirmo categóricamente: En el hecho de que a un argentino le parezca bien la gestión de Zapatero no tiene nada que ver su nacionalidad principal (es decir, quedan dentro de la categoría "argentinos", todos aquellos que tengan doble nacionalidad o que, lisa y llanamente y con independencia de su documentación, se sientan argentinos). En realidad el boludazo ése que dijo eso no tiene, claro que no tiene, la menor idea que ese comentario para él ingenuo (creo que acabo de decir una estupidez: dudo que a ese individuo parézcale ingenua frase alguna que salga de su boca, de hecho debe pensar que regala música para los oídos de quienes sufren la desgracia de escucharle. Quizás en los actos sea una buena persona, pero yo aún no he tenido la oportunidad de conocer sus actos, sólo sus palabras, siempre estúpidas) ha suscitado en un servidor semejantes torrentes de furia. (Qué te hacei, si eso no e'ni un arroíto, dirán algunos). Bueno, negro, qué se yo, es lo que a mí me pasa.
¿Qué? ¿Vo no respetá? ¿Ah?
"España es duro", me dijo mi vieja. Es duro España por algunos españoles, como ése, a los que para colmo les gusta hacerse notar. Exactamente lo mismo por lo que son duros todos los países. Por la gente imbécil. Sino vayan y pregúntenle a un boliviano cómo se siente en nuestro país. No, no vayan, no hace falta, se los contesto yo: infinitamente peor que un argentino en España. En plan estimación demográfico-porcentual estoy hablando. Vayan a ver a un moro (brutalismo ignorantil, que en este caso yo practico, por árabe) en Is-rael. O a un griego en Turquía. O a un turco en la neblina.
Es la humanidad, macho, lo que es una puta mierda. Estamos los que entendemos un poco, y el resto. Ahora, yo, entender, entiendo: no me sirve para una mierda.
Besitos.
Viva Zapatero.

viernes, enero 06, 2006

Aclaración

Estuve tentado de quitar el anterior posteo (como digo yo) por cursi y estúpido.
He decidido dejarlo por respeto al pasado y porque uno a veces es cursi y estúpido.