lunes, abril 10, 2006

Menardo y las fuerzas de la naturaleza (I)

A Menardo, como les contaba, nada lo hacía caer. Todos lo veían como un loco, y tenían razón. O quizás, no. Porque Menardo sabía que era un elegido en lo referente a ser una verdadero superdotado del pilotaje, llevando a la conducción zanellística a cotas que Don Zanella jamás pensó que un ciclomotor de 50 cc. sin retocar en ninguno de los tan mentados talleres motociclísticos villamarienses pudiera siquiera soñar en alcanzar.

Pero una vez, Menardo conoció suelo. Fueron fuerzas de la naturaleza las que lograron la proeza…

Fue como si le dijeran: "Sos humano".

¿Deberemos a esa experiencia, no demasiado traumática, la realidad de que Menardo sea, años después, una persona sana y que no se haya adentrado en esos terrenos cenagosos en los cuales el ser humano tiende a estirar demasiado los límites de su tolerancia, sin detenerse a pensar en que tales límites no son barreras rígidas que si no se las franquea de una vez permanecen tal cual están, sino que se trata de fronteras laxas que si sufren embates excesivos se resienten y permiten el ingreso del daño a la humanidad cuya protección era su misión?

(to be continued…)

1 comentario:

Luciano dijo...

Ya que la novela se trata sobre mí, aporto un poco:
Gracias por catalogarme como "persona sana". Y en relación a la larga pregunta de si caerme en la moto contribuyó a mi supuesto actual “ser sano”, supongo que vos también tendrás una verdad para contar, ya que vos y tu (célebre) Dax también conocieron el suelo en aquella fatídica encrucijada de la costanera y Mendoza.
Por supuesto que fueron caídas distintas: yo caí perseguido por algunos de mis fantasmas, encarnados en la imaginación de dos perros feroces; vos quisiste doblar por la Mendoza del mismo modo que solías hacer las cosas, imperativamente, como en una proclama, sólo que el auto que venía de frente fue sordo a tu voz luminosa. No obstante el impacto (espectacular y en caso de tratarse de otra persona, mortal) tuviste el tino de pegar un salto enorme y un poco inhumano, volando sobre su capot y rodando sobre la calle de manera cinematográfica, arrancando los suspiros de un grupo de muchachas que paseaban por ahí. “Chocó el Feli”, fue la noticia que cruzó la ciudad como un fuego. Al conductor que te impactó se le heló la sangre y se sintió culpable, aunque la culpa la tenías vos, y por un momento temió haber incurrido en algo irrevocable y de consecuencias siniestras para él y los suyos. Vos terminaste de rodar y te sentaste en el asfalto, sentiste tu brazo partido y refunfuñaste algo, y miraste tu Dax acordeonada, y quisiste volver el tiempo atrás. Pero el tiempo, en aquellos años dorados como ahora, no puede volverse.